11.3 Fernando VII. Absolutismo y liberalismo. La emancipación de la América Española

9.3. Fernando VII: Absolutismo y liberalismo. La emancipación de la América Española

Durante la Guerra de Independencia Fernando VII había sido un agradecido huésped del emperador en el Castillo de Valençay. Desde su retiro, Fernando se había distinguido por su adhesión a José Bonaparte y al propio Emperador, al que felicitaba calurosamente por sus victorias en toda Europa, incluida España. Fernando VII no parecía tener muchas ansias por volver a España, cuando Napoleón le propuso regresar a España, Fernando dudó y sólo el acuerdo firmado con el emperador en diciembre de 1813 le convenció de la bondad de la vuelta. El 13 de marzo de 1814 emprendió el regreso a España.

En Daroca reunido con sus consejeros, decidió no acatar la constitución y cuando en Valencia el cardenal de Borbón, representante de la Regencia y las Cortes le presentó la Constitución para que la leyera antes de firmarla, obligó a éste a que le besara la mano en señal de sumisión. En Valencia se reunió una corte de reaccionarios, dirigidos por el antiguo preceptor del rey Escoiquiz, Macanaz, el conde de Montijo o Lardizabal, quienes le presentaron un documento que sería conocido como “Manifiesto de los Persas”, en los que se reclamaba una vuelta al absolutismo.

El día 11 de mayo la Gaceta publicó un Decreto, firmado el día 4 en el que eran declarados “nulos y de ningún valor efecto” todos los decretos, leyes y en definitiva toda la obra de la Regencia y las Cortes que se habían dictado durante la ausencia del rey. Al tiempo se desataba una persecución de los más señalados liberales que en ese momento residían en Madrid.

La guerra había arruinado al país que había sufrido una notable merma de población (más de medio millon de personas) a causa de la propia guerra y de las hambrunas provocadas por las pérdidas de cosechas que la guerra provocó. Los ingresos del estado cayeron de los 1500 millones de reales anuales que se recaudaba antes de la guerra a poco más de 650 millones. El reconocimiento que el rey hizo de nuevo del régimen señorial supuso que la presión fiscal recayera en los arruinados campesino, que no pudo rehacerse de las pérdidas de la guerra. La errática política económica y la interrupción de la llegada de plata americana, provocó una fuerte deflación. La ruina del campesinado arrastró a la ruina al comercio y a la industria que entró en quiebra.

Por otro lado la reacción absolutista arruinó las posibilidades de alcanzar una paz pactada con las provincias americanas rebeldes. La emancipación americana comienza de la mano de la propia guerra de la independencia y responde al mismo vacío de poder que en la península conduce a la creación de las Juntas Provinciales Supremas. Del mismo modo que en la Península, la legitimidad de las autoridades nombradas por el gobierno de Godoy quedaba en entredicho y por lo tanto la soberanía pasaba al pueblo. Una vez fracasado el intento de la Junta Central Suprema la dinámica americana estuvo influida por el temor de la población criolla a perder el poder en manos de las masas indígenas y campesinas. Donde existió riesgo de revuelta indígena las autoridades mantuvieron el orden de la metrópoli mientras que en las provincias donde esta amenaza no existía se mantuvieron las Juntas. En 1810 en el Río de la Plata el cabildo ignoró la autoridad del virrey y nombró un nuevo gobierno, sin embargo no fue hasta 1816 que se proclamara la independencia de la Argentina. En Venezuela la Junta se proclamó independiente desde 1811 y bajo la influencia de Simón Bolivar se proclamó una República cuya constitución se inspiró en la de los EEUU. Sin embargo los problemas sociales llevarían a un enfrentamiento que permitió que en 1815 la tropas realistas recobraran el dominio sobre Venezuela.

La restauración absolutista planteo la necesidad de superar las ficciones legitimistas y optar por la independencia o la sumisión. Una decisión que era algo más que política pues la economía americana había disfrutado durante unos años las ventajas de la independencia económica de la metrópoli. El comercio había crecido al socaire de los intercambios con norteamericanos e ingleses y las ideas de la metrópoli de utilizar a las colonias para sufragar la crisis del país no parecían muy halagüeñas.

Perú fue el refugio de los realistas y desde allí se lograron liquidar todas las revoluciones menos la de Río de la Plata. En 1820 y tras la sublevación en Cádiz de Riego, el General San Martín, atravesó los Andes desde Argentina y logró entrar en Lima con el apoyo del inglés Cochraine. Los intentos de los liberales veinteañistas de llegar a un nuevo pacto se saldaron con fracasos. Curiosamente el liberalismo peninsular desató una “Revolución conservadora” en México, que tras el gobierno de Agustín de Itúrbide dio paso en 1823 a la república.

En el sur en 1822 los ejércitos de Bolivar y San Martín conquistaron Ecuador. El 9 de diciembre de 1824 en Ayacucho, el ejercito realista fue derrotado por Sucre y selló con la capitulación del virrey la suerte del imperio español.

La Restauración absolutista provocó un periodo de inestabilidad política, los treinta ministros que se sucedieron no podían enfrentarse a unos problemas que la propia naturaleza del sistema les impedía resolver. Con los ministros se fue agotando también el crédito que la población tenía en el rey.

Desde la llegada del monarca las sociedades secretas a las que pertenecía buena parte del liberalismo español y particularmente los militares liberales, mantuvieron un pulso con el rey que se desgranó en una serie de intentonas golpistas. La primera de ella se produjo en 1814 y estaba encabezada por Espoz y Mina, a ella siguió la de Juan Díaz Porlier y en 1816 la llamada “conspiración del Triángulo” que proponía matar al rey. En 1817 se levantó con amplio apoyo social el general Lacy, mientras que en en el mismo año se descubría en una conjura masónica dirigida por Juan Van Halen.

Los intentos de Fernando VII de someter las provincias americanas rebeldes a su gobierno facilitaron finalmente la labor de los liberales. Las fuerzas que se reunieron en las cercanías de Cádiz para ser enviadas a América protagonizarían el definitivo asalto al poder absoluto del rey. El uno de enero de 1820 Rafael de Riego se sublevó con esas tropas que iban a ser embarcadas. Aunque el movimiento estuvo a puntote fracasar provocó movimientos similares en otras provincias y llevaron a que el rey aceptara el 7 de marzo la Constitución de 1812 que juró el día 9 con la famosa sentencia: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”.

El llamado “Trienio Liberal” se inició sin persecuciones y bajo el mandato de una Junta provisional que se hizo cargo del gobierno hasta que se abrieron las primeras cortes de la nueva etapa el 9 de julio de 1820.

Las cortes aprobaron medidas que mantenían el espíritu de Cádiz y completaban una legislación que en la situación extraordinaria de la guerra no había sido posible aplicar. Se decretó la desamortización eclesiástica, se suprimieron los mayorazgos y se disolvieron las órdenes religiosas monacales al tiempo que se reformaban las regulares, se decretó la libertad de imprente y se formó la conocida como “Milicia Nacional” una fuerza militar de origen ciudadano que sería durante toda su existencia uno de los puntales del liberalismos.

Pronto surgieron divisiones entre los liberales. Los más templados planteaban una política reformista moderada mientras que los más radicales planteaban reformas más profundas animados por los debates que se producían en las “sociedades patrióticas” que surgieron por doquier y que volvieron a alimentar a una animada prensa política.

Los gobiernos liberales no acertaron a encontrar una solución a la ruina de la hacienda, ni en la utilización como garantía de los bienes de la iglesia, ni sobre las medidas proteccionistas que pretendieron mejorar la situación del campesinado ni en la política sobre la propiedad de la tierra que terminó por refrendar la propiedad de la tierra en manos de los señores.

La radicalización de los debates animó al rey a pedir moderación al tiempo que alentaba las conspiraciones absolutistas. Los gobiernos moderados de Bardají, Santa Cruz y Martínez de la Rosa, no lograron ni frenar a los radicales ni detener al rey, a quien la Constitución permitía obstruir la promulgación de las leyes, tal y como hizo con la que habría de abolir los señoríos.

En 1822 un intento de golpe absolutista en Madrid fue detenido por la Milicia Nacional. Los intentos absolutistas se sucedieron y eso llevó a que el gobierno de Martínez de la Rosa fuera sucedido por el del radical Evaristo San Miguel, empeñado en detener las intentonas absolutistas. Los fracasos de estos intentos llevaron a solicitar ayuda externa como único modo de terminar con el liberalismo veinteañista. Las potencias absolutistas europeas veían en el gobierno liberal un ejemplo y una punta de lanza de los movimientos revolucionarios liberales europeos. Esta sensación llevó a que en octubre de 1822 se reunieran en Verano las potencias de la Santa Alianza y decidieran restablecer el orden absoluto con el envío de un ejército francés que sería conocido como “Los cien mil hijos de San Luis”. El gobierno huyó con el rey hasta Cádiz mientras el ejército era derrotado por los invasores.

La victoria del duque de Angulema y sus Cien Mil Hijos de San Luis provocó una reacción absolutista que llevó a que la población más humilde persiguiera con saña a los liberales y contribuyera a su represión. La revuelta tenía en palabras de Josep Fontana un carácter de guerra social. Estas masas populares absolutistas crearon una milicia conocida como “voluntarios realistas” y que se oponía a la de la “milicia nacional”. Para los más radicales de este movimiento, los “apostólicos”, debían los voluntarios y la inquisición quien debía encargarse del orden público.

El rey alentó estos movimientos a pesar de las presiones internacionales, “limpió” la administración y el ejército de liberales y persiguió las sociedades secretas y toda suerte de idea constitucional. Los ultras eran apoyados por la mayor parte de la jerarquía eclesiástica y por el infante Carlos, estos, una vez desplazados del poder por las presiones internacionales, fundaron un partido “apostólico” que se opuso a cualquier medida moderada adoptada por los nuevos ministros.

Los cada vez más quiméricos intentos liberales de volver al poder alentaron la represión “apostólica” y contribuyeron a debilitar la posición de los ministros más templados de Fernando VII. Solo el intento de Torrijos en 1831 pudo poder contar con apoyos en el ejército, que sin embargo, se revelaron una trampa para la captura de los conjurados.
La Hacienda seguía en ruina, un hecho al que el ministro de Hacienda, López Ballesteros intentó poner remedio equilibrando el presupuesto y reduciendo los gastos del estado a la capacidad de pago de la monarquía.

A toda esta situación se unía el problema de la falta de sucesión directa del rey. En 1829 moría la tercera esposa de Fernando y en 1830 casaba con la que habría de darle finalmente una heredera, Isabel, nacida en octubre de 1830 y su hermana Luisa Fernanda, en enero de 1832.

En 1832 una enfermedad del rey llevó a un grupo de políticos apostólicos a atemorizar a la reina porque si se intentaba arrebatar la corona a Carlos, la vida de la reina y sus hijas corría peligro. El rey llegó a firmar la anulación de la Pragmática Sanción, que permitía reinar a las infantas, pero la celebración de los ultras llevó a que una amplia mayoría de moderados acudieran a la Granja a expresar su adhesión a la reina. Cuando el rey mejoró se tomaron medidas para depurar las altas jerarquías del ejército y la administración de los apostólicos. El rey convocó a las cortes tradicionales para que juraran a Isabel como heredera de la corona el 20 de junio de 1833, tres meses después moría Fernando VII dejando de regente y gobernadora a la reina María Cristina asesorada por un Consejo de Gobierno . El ministro Cea Bermúdez, marginó al Consejo y mantuvo una política inmovilista que se demostraría desacertada una vez que estalló la insurrección Carlista.