El reinado de Carlos IV comienza bajo el signo del continuismo de la política de “Despotismo Ilustrado” llevada a cabo por su padre, Carlos III. Floridablanca es el máximo exponente de estos ministros ilustrados que mantienen el impulso reformista de la Ilustración. La Revolución Francesa (1789) provocará el pánico en todas las monarquías europeas y evidentemente, también en la española, que tratará de detener la expansión de ese espíritu revolucionario con la adopción de férreas medidas de control sobre las fronteras, la prensa y la literatura ilustrada, se prohíbe la Enciclopedia y cualquier contacto con la Francia revolucionaria.
En 1792 Floridablanca es sustituido por el conde de Aranda que intenta acercarse al régimen revolucionario Francés. En noviembre del mismo año 1792 es sustituido por Manuel de Godoy, protegido de la reina Maria Luisa. La monarquía española trata de liberar a Luis XVI, el fracaso de esas conversaciones y la condena a muerte del rey Francés provocan hacen que España entre en la 1ª Coalición (Alianza de monarquías enfrentadas a la Francia revolucionaria). La Guerra es un fracaso, los franceses ocupan Bilbao y Vitoria, el agotamiento lleva a España a firmar la Paz de Basilea en 1795 por la que se devuelven los territorios conquistados a cambio de Santo Domingo y Godoy recibe el título de Príncipe de la Paz. En 1796 se firma el tratado de San Ildefonso de alianza entre Francia y España, dirigido fundamentalmente contra Inglaterra, al que seguirá un 2º tratado de San Ildefonso. En 1801 se produce la guerra de la Naranjas, provocada por el apoyo portugués a Inglaterra y que supone para España la toma de la ciudad de Olivenza, esta corta guerra termina con el tratado de Badajoz. Aunque la Paz de Amiens (1802) puso fin a la guerra entra las potencias europeas, el enfrentamiento franco-inglés llevará a romper la pretendida neutralidad española. Los ataques a la armada española terminarán por provocar que Carlos IV declare la guerra a Inglaterra y que una armada Franco-Española se enfrente a la Inglesa en 1805 en la batalla de Trafalgar. La batalla concluye con la victoria de los ingleses que ponen fin en esta batalla al poderío marítimo español y hunden en la bahía de Cádiz buena parte del esfuerzo constructor de los gobiernos ilustrados. En octubre de 1807 Godoy firma con Napoleón el Tratado de Fontaineblau, por el cual España permitiría el paso de un ejército francés al mando de Junot para ocupar Portugal, que sería dividido entre el reino de Etruria y Godoy al que se nombraría Príncipe de los Algarves.

La llegada de las tropas francesas y la ocupación de fortalezas y ciudades a su paso provocan la alarma de la Corte que decide desplazarse desde Madrid hacia Cádiz con la intención de embarcar hacia América (como la familia real portuguesa) ante el menor signo de hostilidad del ejército francés. Sin embargo el 18 de marzo de 1808, mientras los reyes están en Aranjuez, primera etapa de su viaje, estalla un motín, animado por los partidarios del príncipe Fernando (que había sido ya procesado por un intento de golpe de estado en el Escorial), y en contra del gobierno de Godoy. El rey Carlos IV abdica en su hijo Fernando que se pone a disposición de Napoleón, quien ante el vacío provocado por la revuelta aprovecha y llama a Carlos y a Fernando a Bayona, donde obliga al príncipe a devolver la corona a su padre y a este a abdicar en el propio emperador. Éste convoca una asamblea de notables, reunidos a toda prisa con el objeto de celebrar cortes en Bayona para aprobar una constitución. La constitución estaba previamente elaborada por Napoleón, por lo que los convocados no pudieron sino hacer algunas sugerencias. El 7 de julio de 1808, antes incluso que la constitución fuera aprobada, es nombrado rey de España “por la Gracia de Dios” José Bonaparte, como José I. La constitución o estatuto de Bayona desamortizaba parte de las tierras del clero, desvinculaba los mayorazgos y finiquitaba el régimen señorial. Por otro lado reconocía la igualdad de los españoles ante la ley, los impuestos y el acceso a los cargos públicos, además de abolir la Inquisición.

A pesar de que la administración central de la monarquía había permanecido de manera pasiva siguiendo las directrices primero de Fernando VII y Carlos IV para posteriormente asumir las órdenes que venían desde Bayona; el pueblo de Madrid se había alzado en armas el 2 de mayo contra el ejército francés acantonado en la ciudad. El levantamiento de Madrid había animado un levantamiento general que aprovechando que las viejas autoridades colaboracionistas no podían mantener el orden, se encargaron de encauzar el movimiento para que no se hiciera socialmente peligroso. En todo el país se crearon dieciocho juntas supremas provinciales en las que se integraron sujetos muy distintos, en algunas tomaron parte los más altos miembros de las clases privilegiadas, religiosos incluidos, pero también aquellas personas que en sus diferentes provincias gozaban de prestigio personal. En las juntas se juntaban conservadores que sólo pretendían la restauración de Fernando VII con liberales e ilustrados partidarios de una reforma amparada por una convocatoria de cortes.

La invasión francesa provocó que los defensores de las reformas propugnadas por la ilustración y quienes pretendían una vuelta a las esencias del antiguo régimen tuvieran que decidir su participación en los regímenes políticos que la guerra había hecho posibles. Por un lado quienes permanecieron del lado de la legitimidad encarnada por la abdicación de Bayona y que juraron su cargo ante el rey José I. Estos serían conocidos por afrancesados y su vinculación política es compleja, no pocos fueron quienes procedentes del despotismo ilustrado esperaban que un gobierno fuerte como el que encarnaba la monarquía bonapartista, fuera capaz de realizar las reformas que los Borbones no habían culminado. Al lado de estos una parte importante de los funcionarios de la corte permanecieron del lado del poder establecido, atados por la obligación de jurar sus cargos ante las nuevas autoridades y siguiendo una línea dinástica apoyada por las propias cortes.

Frente a la colaboración de los afrancesados se puso en pie la revuelta popular, básicamente animada por la resistencia a un ejército extranjero invasor, una revuelta que fue controlada pronto por las élites sociales, unas élites que en buena medida mantenían una posición conservadora. Sin embargo a su lado estaban también personajes ilustrados del prestigio de Jovellanos o Floridablanca que participaron en las Juntas surgidas de la revuelta. A su lado los sectores liberales encontraron en la naturaleza de la revuelta y la soberanía que encarnaba tras la huída del rey, la mejor palanca para promover un programa revolucionario que acabara con el Antiguo Régimen, sobre bases nueva como la soberanía nacional, la separación de poderes y la abolición de los privilegios señoriales y estamentales.

Las Juntas Supremas Provinciales organizaron el ejército regular que habría de enfrentarse a las tropas francesas tratando de obstaculizar su avance. La principal victoria fue la que el general Castaños infligió al general francés DuPont en Bailen, logrando expulsar de Andalucía a las fuerzas francesas.

La victoria de Bailén obligó a José I y a su séquito de consejeros y ministros a refugiarse en Vitoria. Estos hombres que unieron su destino al del rey francés, fueron conocidos como afrancesados. La victoria de Bailén supuso también lel levantamiento del primer sitio de Zaragoza y la capitulación de Junot en Portugal, derrotado a su vez en Vimeiro por las tropas de Wellesley.

Las victorias sobre los franceses y la necesidad de una organización centralizada que permitiera una dirección política unificada y coordinada llevó a las Juntas Provinciales a crear una Junta Suprema Central que se instaló en Aranjuez en septiembre de 1808, presidida por el anciano conde de Floridablanca y formada por 35 miembros, fundamentalmente de la nobleza titulada.

En noviembre Napoleón decide poner fin a la resistencia española y dirige un ejército de 250.000 hombres que dirigido por él personalmente logra derrotar a los españoles en las batallas de Espinosa de los Montes y Somosierra, permitiendo que el 4 de diciembre Napoleón entrara victorioso en Madrid. El ejército regular español sufrirá una definitiva derrota en marzo de 1809 en Ciudad Real, quedando completamente deshecho, lo que llevará a que la única resistencia posible a partir de ese momento tenga que recaer en las partidas guerrilleras que se extenderán por todo el territorio.

La Junta Suprema Central huye a Sevilla y posteriormente se disuelve nombrando una regencia que convocara a Cortes en Cádiz en Verano de 1810. Mientras tanto la guerra se apoyará en el frente portugués bajo la dirección de Arthur Wellesley, quien después de desembarcar en Lisboa se enfrenta a los franceses en Talavera donde los vence ganando el título de vizconde Wellington de Talavera. A pesar de ello los franceses ocupan toda Andalucía bajo la dirección del General Soult. Sólo Cádiz resistirá toda la guerra con el apoyo de la flota española e inglesa el sitio de los franceses. También Valencia resistirá hasta comienzos de 1812, defendida por el general Blake. A partir de 1811 el ejército francés se debilita pues el emperador desplaza tropas al frente de Rusia. Mientras los franceses tomaban Valencia Wellington tomaba Ciudad Rodrigo, tras lo cual tomó la ciudad e Salamanca. El 22 de julio de 1812 Wellington se enfrentó al general francés Marmont en la Batalla de los Arapiles (a 11 km de Salamanca) derrotándolo y obligando de nuevo a José I a abandonar Madrid que fue tomada por los ingleses en agosto del mismo año. Las tropas franceses de Soult y Souchet avanzaron desde Andalucía y Valencia hacia la capital obligando a Wellington a retirarse hacia Ciudad Rodrigo. Salamanca y Madrid volvieron a caer en manos francesas. Sin embargo la derrota de la Grande Armée en Rusia obligó a los franceses a retirar tropas de España lo que hizo su situación progresivamente más débil. En marzo de 1813 José I abandonaba de nuevo Madrid y el 21 de junio de 1813 las tropas angloespañolas dirigidas por Wellington derrotaban a los franceses en Vitoria. El 28 de mayo de 1814 salían de Barcelona las últimas tropas francesas.